Hasta las más rancias democracias tienen en sus sótanos trastos olvidados que nadie quiere recordar. Es necesario dejar esos oscuros episodios de la historia guardados en el rincón oscuro porque en caso contrario sería mucho más difícil llenarse la boca de expresiones como «derechos humanos» a la hora de echar en cara a terceros países sus prácticas poco éticas para con sus ciudadanos.
Y ése es el caso del genocidio filipino.
Corrían los últimos años del siglo XIX cuando los Estados Unidos de América decidieron meterse de lleno en el negocio del colonialismo por el expeditivo procedimiento de arrebatar a una decadente España lo poco que quedaba de aquel imperio donde nunca se ponía el sol. Tras declararle la guerra en 1898, los Estados Unidos expulsaban a España de Cuba y Filipinas con la ayuda de la insurgencia indígena y criolla, deseosa de obtener la libertad prometida por el «hermano americano» después de echar a los españoles.
Pero muy pronto se demostró que hacer tratos con los Estados Unidos significaba poco menos que vender el alma al Diablo: al finalizar la guerra hispano-estadounidense, el presidente McKinley y sus secuaces decidieron que los territorios «liberados» debían pasar a formar parte del nuevo imperio colonial norteamericano. Cuba, que en virtud del Tratado de París debía ser un estado independiente, terminó con un gobierno títere y con la obligación de ceder a los Estados Unidos la base naval de Guantánamo. Otros territorios «liberados» no tuvieron tanta suerte: Puerto Rico, Guam y Filipinas se convirtieron en colonias estadounidenses.
Pero esta solución no fue ni mucho menos del agrado de los independentistas filipinos, quienes habían luchado contra los españoles durante medio siglo para ahora caer en manos de unos nuevos dueños. Cuando los filipinos instauraron un gobierno propio, la nueva potencia colonial persiguió sin piedad al movimiento independentista, dando inicio a la llamada Guerra Filipino-Estadounidense.

«Kill everyone over ten» (Maten a todos los mayores de diez años). Grabado del diario The Evening Journal mostrando el fusilamiento de unos niños según la orden del general Jacob Smith. Origen: Wikimedia Commons.
Lo que pasó después ha sido varias veces revisado por los historiadores, desde los que lo consideraron una rebelión filipina, pasando por quienes reconocen que el conflicto fue una guerra en toda regla, hasta los que, en base a los resultados del conflicto, llaman a estos sucesos el «genocidio filipino». En efecto, los norteamericanos aplastaron sin contemplaciones el levantamiento filipino, pero de camino se llevaron por delante a un millón de civiles filipinos, masacrados de numerosas formas a cual más cruel. En uno de los más vergonzosos episodios de esta sangrienta represión, el general Jacob Smith llegó a ordenar la ejecución de cualquier filipino mayor de diez años.
Las masacres indiscriminadas de filipinos se prolongaron hasta 1913. Después, el país siguió siendo de facto una colonia de los Estados Unidos hasta que se reconoció su independencia en 1946, tras la Segunda Guerra Mundial. Si se me permite dar mi humilde opinión, los filipinos salieron de Málaga y se fueron a Malagón.
Tal día como hoy, el 5 de mayo de 1902, las primeras denuncias públicas del genocidio filipino llegaban a las páginas de los diarios estadounidenses; denuncias como la que ilustra esta entrada.




